jueves, 17 de marzo de 2016

El Maestro Galindo


 EL MAESTRO GALINDO








XXIV Certamen Literario. Año 1998
Primer premio prosa
Título: "AQUEL VIEJO MÚSICO LOCO"
Autor: Mª. del Mar Galindo Merino


Fue hacia el año 1872 cuando un diez de julio abrió los ojos por vez primera un niño al que sus padres pusieron el nombre de Amalio Rufino José Manuel. Lorenzo y Paula vivían en la calle Mediodía, en Riópar. Habían traído al mundo a un niño cuya vida estaría marcada por la música, y cuya música marcaría la vida de todos los músicos de Riópar en las generaciones posteriores.
Don José, "Pepe", compaginaba la música que le enseñaba su maestro, Don Santiago, con su trabajo en la Fábrica, pero al cerrar ésta, tuvo que marchar a Madrid. Allí se casó con Luz Nieto González, cuyo hermano era músico en la banda de alabarderos.
Luz murió al poco tiempo. La hermana de su mujer, María Ángela, se convirtió en su segunda esposa. Nunca tuvo hijos, quizá por un desafortunado tiro que recibió durante la guerra de Cuba, en la que participó.
Cuando comenzó la guerra civil, allá por el año 1936, regresó a Riópar. Llegó con su viejo abrigo y un poco de dinero en el bolsillo; pronto comenzó a dar clases de música.
Sus primeros alumnos fueron un par de hermanos tartamudos.
El maestro era un hombre muy inteligente y muy trabajador; trabajaba día y noche escribiendo música, sin descanso. Daba clases mañana y tarde; además de dar música, enseñaba a leer y escribir a los niños antes de que fueran a la escuela.
Su figura era inconfundible: bajito, regordete, colorado, con su aspecto algo desaliñado una mancha en la frente, recuerdo de una herida que sufrió cuando un piedra le golpeó la cabeza. Era un hombre con un carácter fuerte, riguroso, enérgico, nervioso, recto, amante de la buena música. Le encantaba comer, como lo demuestra alguna anécdota suya. Sin embargo, esa afición suya a la comida no pudo ser siempre satisfecha, pues corrían malos tiempos. Realmente no pasó hambre, debido a las donaciones de sus alumnos y de la Fábrica: orejas de cerdo, leña, solomillo, pan blanco ... pero su posición económica fue muy irregular.
Su fama se fue extendiendo, así que montó "su academia" en la puerta del arco.
Vivía de lo que obtenía dando clases. Con un pequeño grupo fundó la rondalla local, que, poco a poco, se fue haciendo más grande, y más prestigiosa. Tanto es así, que en una ocasión, en tiempos de guerra, un gobernador militar escuchó tocar a la rondalla. Quedó tan impresionado de la calidad de su música, que la rondalla dio un concierto ante el general Mangada. Este fue el trampolín de la rondalla. El general mandó hacer uniformes a la rondalla, y así fue como dieron un concierto a Valencia el año 37. Ese mismo año, las Brigadas Internacionales apadrinaban a la rondalla. En secreto, fueron a tocar a la embajada rusa; el Socorro Rojo de Moscú tenía la intención de apadrinar a la rondalla (hablamos del año 39), pero esto no se produjo porque la batalla del Ebro, que dividió la zona roja en dos frentes incomunicando Cataluña y Valencia, lo impidió. Finalmente fue el Ministerio de Defensa quien apadrinó a la rondalla. En Valencia, sufrieron aventuras y desventuras, incluso hubo bombardeos donde ellos se encontraban.
Después de la guerra, se pensó en dar utilidad a los instrumentos de la vieja banda, que habían sido guardados sigilosamente en la fábrica. En seis meses, el maestro convirtió la rondalla en banda de música (el primer concierto que dio la banda fue dirigido por el cuñado del maestro, Emilio Nieto). Así, la fábrica disponía de una banda, pues era propietaria de los instrumentos, aparte de que la mayoría de los músicos trabajaban para ella. Cada vez que se recibía una gran visita u ocurría algo especial, allí estaba la banda.
Pero hablemos del maestro. Como músico, era un portento. La música era su pasión, y su vida. Conocía todos los instrumentos, en especial la cuerda, el metal y la caña. Guardaba en la memoria toda la música que oía para luego escribirla, y así, adaptaba las canciones a la rondalla y a la banda, e introducía en ellas sus composiciones. Porque Don José, además de ser ejecutor (sobre todo, le encantaba la guitarra; era capaz de tocarla con una sola mano), era compositor: hacía muchos pasodobles, poIkas, serenatas, dianas, variaciones... Él era un verdadero músico. Creó la banda y la rondalla y enseñó a todos los músicos a tocar.
Se dice de él que era muy perfeccionista. Antes de que sus alumnos entraran a tocar en la banda o la rondalla, estudiaban solfeo durante seis meses, para luego aprender un año con un método de su instrumento. Le gustaban las cosas bien hechas: cada músico tocaba con su partitura, y antes de cualquier concierto, hacían escalas. Él escribía cada papel, cada partitura. Y es que Don José era muy riguroso con su música. Decía que «no quería que la pisara nadie», porque la consideraba seria, digna de una orquesta.
Una de sus cualidades más valoradas era que sabía perfectamente cómo tocaba cada uno y trataba de sacar el mayor rendimiento a cada músico y a cada instrumento. Por ejemplo, algunos temas que eran muy incómodos para tocar andando, se tocaban al final de la diana; los músicos permanecían a pie parado y puestos en corro en la puerta del arco. Quizá, su cualidad más reseñable era su increíble facilidad para adaptar partituras. Era capaz de adaptar una partitura de piano a toda una banda.
Tal era su talento que, un día que habían ido a tocar a Yeste, la gente de allí pidió la diana. La banda de Yeste había sido muy buena banda, y quisieron probar a los músicos de Riópar. El maestro no conocía la diana, y le facilitaron un papel de clarinete con doce compases solamente. Don José pasó toda la noche trabajando hasta que, a partir de un solo papel, escribió el papel del bombardino, la trompeta y el requinto. Dio estas partituras a Limón, Amores y Paco Valdelvira. Ellos comenzaron a ensayar, y a los diez minutos, toda la banda había aprendido la diana. Cuando, según la tradición, los habitantes de Yeste bajaron el santo (San Bartolomé) y escucharon su diana, no salieron de su asombro. La banda recibió esa madrugada la ovación más grande que el pueblo había dado jamás. Al final, recogieron dos canastas enteras llenas de botellas, obsequio de la gente. Tuvieron bebidas para todo el año.
Tal era la calidad de la banda en los años cuarenta. Eran bastantes, pues prácticamente todos los muchachos del pueblo daban solfeo, y el maestro recopilaba y adaptaba las canciones según tocaban. Por la banda pasó gente como Limón, Amores, Eugenio, Rafa, Paquito, Alfonso, Josico, Clarencio, Joaquín Ballesta, Papín, Casimiro, Florencio, Elías Parada, Joselín, Bonifacio, "Consta", Santiago, Félix Rodríguez, Benigno, Luis García, Pepe ... además, tenían un repertorio amplísimo, con canciones como la ópera "Marina", "La verbena de San Juan", la mazurca "Siempre fiel", "Agua, azucarillos y aguardiente", "Mi orquesta metalúrgica" (pasodoble del maestro), "Bohemios", "La marcha turca", "Suspiros de España", "La canción del olvido", "Molinos de viento", "Poeta y aldeano" {la más importante opereta que tenía la banda. Don Santiago Bemabeu la escuchó de la banda espantado al ver que una pieza de tal categoría era bailada por la gente del pueblo); "La boda de Luis Alonso", "Alma de Dios", "El Danubio azul", "La verbena de la paloma", "Pan y toros" ... El cuñado que tenía en la banda de Madrid, que también componía, le enviaba partituras de allí. Lo que se tocaba en Madrid era lo que se tocaba en Riópar.
La banda y la rondalla de entonces tenía muchas actuaciones; era la única banda de los alrededores y contaba con muy buenos músicos; eran muy famosos por la sierra. Corrían todos los pueblos de alrededor: Villaverde, Bogarra, Paterna (donde querían mucho al maestro), Yeste, Alcaraz, El Salobre, Siles, La Puerta del Segura, Torres de Albanchez, Segura de la Sierra ... al maestro le regalaban muchas cosas.
En estos pueblos solían tocar la diana por la mañana, y por la tarde, en la plaza de toros. Otras veces daban conciertos, y, entonces, actuaban en la puerta del ayuntamiento, en la plaza...
En el Paseo de los Plátanos, a la derecha, enfrente de la panadería, había un "tablao" para los músicos (que al principio fue de madera y después, de obra) con unos bancos, y allí tocaban las tardes de domingo, de junio a septiembre. En la Puerta del Arco daban conciertos los días de fiesta grande, muchos domingos después de misa, durante las procesiones -el día del Corpus, el domingo de Ramos, etc.-, en Navidad, para la feria...
Todos los años, el 18 de julio, tocaban en el campamento, que se llenaba. Se celebraba el día del padre de los niños que estaban allí pasando unos días. Los invitaban a una buena comida después de tocar, ¡al maestro le encantaba!. Tan grande era su afición a comer, que la víspera de San Juan recibió una nota en su ventana que decía:
«Desde que no mata Fernando,
no sé qué me pasa que no ando».
Fernando el carnicero.
Fueron muy famosos los empastres que hacían en las plazas de toros, aquí, en Alcaraz, en Segura de la Sierra... que gustaron mucho al público. Todo fue a raíz de un maestro que fue alcalde, Don Leoncio Brízuela, quien organizó lo del empastre y compró uniformes a la banda. Para entonces, el maestro estaba más mayor, y era Francisco Amores quien se encargaba de dirigir a los músicos. Don José compuso un pupurri para el empastre a partir de una selección de temas de la banda. Durante los primeros compases, el maestro Amores, vestido de frac verde y chistera, recibía un mazazo con un martillo de cartón, y caía, moribundo, dentro de una cuba. Todos los músicos se acercaban a la cuba a ver al maestro y se echaban las manos a la cabeza. El público se extrañaba, ¿qué habría pasado? De repente, de la cuba sacaban a un niño de corta edad vestido de frac, igual que Amores, como si hubiera encogido del impacto, y lo lanzaban por los aires. Este niño no era otro que Emiliano el fotógrafo. En el empastre, que se estrenó en el Puente Faco con "se va el caimán", jugaban a quitarse la silla, bailaban la jota ... todo ante una pequeña novilla.
Como hemos dicho, Amores fue sustituyendo poco a poco al maestro, que lo nombró "subdirector". Solían ensayar todas las noches, y la gente del pueblo iba a escucharlos. A veces, Don José lo dejaba dirigir la banda y él salía fuera a escuchar. En cuanto percibía el más mínimo error, entraba, derecho a quien había sido, gritando: «¡Ladrón, me has robado mi música!». Su oído era verdaderamente prodigioso.
Podrían contarse mil anécdotas del maestro y de la banda. Una vez, habían ido a tocar a Umbria-Angulo, y allí los invitaron a comer. Al volver, el camión donde iban, paró en el puerto. El maestro iba en la cabina, los demás, encima del camión. El maestro se bajó y comenzó a vomitar de tanto que había comido, con tan mala suerte que se le cayó la dentadura postiza. Al día siguiente tuvo que volver a buscarla.
Normalmente iban en un camión a tocar, pero una vez, al acabar la feria, estaban esperando a la banda treinta burros para llevarlos a tocar la diana al Salobre.
Y volviendo al tema de la comida, una vez el maestro se comió más de dos roscas enteras de churros. Inmediatamente después tenía que dirigir un concierto de la rondalla.
En cuanto alzó la batuta, cayó redondo. Lorenzo Guardiola, el médico ("y poeta") lo tuvo que atender enfermo de cólico, mientras Amores se hacía con la dirección de los músicos.
Se cuenta mucho una anécdota del maestro que le ocurrió con una canción. Él había compuesto 'Todo por ellas", que más tarde tituló "Todo por ti", un pasodoble. La banda tocó la diana en Segura de la Sierra, y después asistió a una recepción con la corporación municipal y otras personalidades. Se anunció la actuación de un pianista de allí conocido del maestro, que se disponía a interpretar por vez primera un tema que había escrito él titulado "Todo por Adelina" (¿?). En cuanto Don José escuchó los primeros compases, que reconoció como suyos, salió en defensa de su música y le asestó una bofetada al pianista (tan sólo comparable a la que recibió el célebre Calomarde) que lo derribó. Sujetaron al maestro, mientras le gritaba al ladrón de su música. Seguramente, alguien había robado la partitura a algún músico de la banda. ¡Realmente el maestro no quería que pisaran su música!.
Y con respecto a su música, llegó a dedicar a sus músicos alguna canción, como "Volvió la banda", un pasodoble que compuso con motivo de la reaparición de la banda tras una crisis en la que se deshizo. También dedicó un pasodoble al entonces camionero de Yeste, "Chaparro", que transportaba a la banda y que después fue alcalde durante el franquismo.
Compuso unas variaciones de muy difícil interpretación llamadas "Paco y Paquito", que dedicó a Francisco López Gálvez -el "músico Limón"- y a Francisco Valdelvira, dos de sus alumnos más queridos, que hacían los solos en la banda.
Al escribir sus piezas, a veces colaboraban el sacristán, Antonio Díaz, y el médico, Lorenzo Guardio1a, que lo ayudaban con las letras. Incluso llegó a adaptar alguna canción hecha por el sacristán. Al médico le escribió un pasodoble.
Actualmente, la rondalla respeta en la mayoría de las interpretaciones las versiones originales de Don José. Todo el patrimonio cultural en lo referente a música que conservamos como propio del pueblo, es prácticamente fruto de su obra. Temas como "la diana de Yeste", "Katiuska", "Mi orquesta metalúrgica", "Viva Chaparro", "Marcial", "Gigantes y Cabezudos", "el sitio de Zaragoza", "la diana de Riópar", "el himno de los obreros" (de Antonio Díaz) y un sinfín más, son fruto de su esfuerzo por hacer las instrumentaciones, adaptaciones o, incluso, fruto de su creación. Es una pena que la gente del pueblo no sepa mucho del hombre que, año tras año, nos despierta con su música durante la feria.
En los últimos años ya era un hombre muy mayor, estaba muy torpe (se cayó varias veces, con el consiguiente susto de sus alumnos; tenían que estar siempre pendientes de él, sobre todo con la comida) y no podía acompañar a su orquesta. Consiguió una pensión del Ayuntamiento de 300 ó 400 pesetas al mes. También recibió dinero de la fábrica, que le compró al repertorio de la banda. Desgraciadamente, este repertorio, obra del maestro, fue robado. Nunca ha aparecido.
Una vez, la rondalla dio un concierto para obtener fondos y arreglar el nicho del maestro de Don José, Don Santiago. Don José buscó a la familia de su maestro y logró el permiso para ser enterrado con él cuando muriera. Obtuvieron el dinero, y así fue. Esos días, tenían una actuación en Paterna, y él decía: «tanto si voy como si no voy, somos veinticinco». Finalmente no pudo ir, pero seguro que estuvo con ellos. Murió el veintinueve de septiembre de 1950 como consecuencia de una trombosis. Todos sus músicos tocaron en el entierro. Él, en el testamento, legó alguno de sus instrumentos a sus discípulos, y todo el repertorio de la rondalla a Francisco Amores, su sucesor.
En recuerdo de Don José nos queda su música, y, en su honor, una calle que lleva
su nombre: la calle Maestro Galindo Arjona.

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